sábado, 19 de abril de 2008

Crónica del BAFICI
Venía apurada, caminando a paso firme por la calle Ayacucho. Llegué a la esquina de Santa Fe y frené. Miré el reloj de mi muñeca izquierda, eran las cinco y veinte. Llegaba tarde. El sol caía sobre los edificios.

Automáticamente mi mirada se dirigió al semáforo, como si pudiera a través de ella detener el tráfico: verde, amarillo, rojo. Crucé. En medio de la avenida esquivé a niñas que venían de la mano de sus madres, por medio de sus uniformes deduje: salían del colegio. Entre polleras escocesas, mochilas y risas, llegué a la otra esquina. Caminé unos pasos, pasando entre la muchedumbre, empujé la puerta del cine y entré. Era pequeño, lo conocía, ya había estado ahí, pero hacía tiempo de esto. Saqué mi billetera y fui directamente a la ventanilla:

-“Una entrada para “Sally Gross” del Festival Internacional de Cine Independiente, para la función de las cinco y media, por favor”- pedí agitadamente y con falta de aire, esa inconfundible sensación de “ahogo” después de que un atleta terminó su prueba.
-“Serían seis pesos”- me contestó la empleada.

Pagué y me di vuelta. Al girar, justo detrás mí encontré a una pareja de extranjeros: ojos claros, cabellos rubios e idioma inglés hacían de estos, los típicos rasgos de norteamericanos. Todavía conservo fresca la memoria de la impresión que me produjo verlos a ambos cabeza gacha leyendo atentamente, tratando de descifrar el librito de la programación del festival. No dudé un instante en acercarme a la mesa de atención al público, la cual se encontraba a mi izquierda y que había sido bañada por información (folletos, diarios, tarjetas…todo promocionando el festival).

Una vez que tuve todo en mis manos caminé hacia a la fila. Para mi asombro ésta apena llegaba a la puerta, no salía a la calle (como era la costumbre). Mi reloj dio las cinco y media y todavía no había mucha gente. La función estaba por empezar y se palpaba en el aire. El público en general era variado, la fila la encabezaba una pareja de jóvenes, luego un matrimonio mayor de alrededor de setenta años, que dialogaban entre ellos: “Tenemos tiempo hasta el día veinte”, “Vamos a tener que salir corriendo para llegar al Abasto a ver la otra función”, “No porque es siete y media, y ésta apenas dura setenta y tres minutos. Llegamos bien”. Luego venía yo y atrás mío un matrimonio francés. Sabía que la fila seguía, pero no alcanzaba a ver.

A medida que los minutos transcurrían, mi paciencia se agotaba y la adrenalina corría por todo mi cuerpo. Era la primera vez que asistía a un festival de este tipo y las críticas de años anteriores habían sido excelentes. Era una privilegiada.
Ya habían pasado quince minutos de la hora de inicio de la función cuando pude observar como cada una de las personas que se encontraba allí enfocaba su atención en la acomodadora (que había amagado varias veces con invitarnos a pasar a la sala). Las miradas continuaban alzándose entre cabezas, tratando de ver más allá, los idiomas se entremezclaban, las edades se equilibraban. Hacían de este momento, un momento único.
Siendo las cinco y cincuenta, la sala se abrió, entramos, nos acomodamos desparejamente y la función empezó. Allí la película transcurrió entre risas y algún que otro comentario que se escuchaba por el fondo de la sala.

Una vez finalizada, me levanté como un resorte y salí del cine. Ya en la calle, en la esquina, una pareja de españoles dialogaban sobre la película. Fue allí cuando por un instante dudé: ¿es que me encontraba en la esquina de una calle de Buenos Aires o había viajado fantásticamente y estaba en un país europeo?

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